El plan quinquenal de CENAGAS busca elevar el almacenamiento de gas a 10 días, con cavernas salinas y campos agotados. Meta ambiciosa para reducir la dependencia externa.
México quiere pasar de sobrevivir al día a tener reservas de gas natural. En su plan quinquenal más reciente, CENAGAS trazó la meta de elevar el almacenamiento estratégico a 10 días de consumo nacional, un salto monumental si se considera que hoy el país opera con inventarios estimados de 2.5 días. El órgano regulador propone una cartera diversificada de cavernas salinas, yacimientos agotados y sitios de superficie, distribuidos por norte, centro y sur para que el “colchón” de gas esté donde más se necesita. La promesa es simple de entender y enorme de ejecutar: resiliencia ante fríos extremos, huracanes, mantenimientos o fallas en la red texana de la que depende buena parte del abasto.
El modelo de CENAGAS es pragmático. Primero, identificar sitios técnica y ambientalmente viables para almacenamiento subterráneo; segundo, asegurar conexiones eficientes al SISTRANGAS; tercero, establecer esquemas comerciales/regulatorios que repartan riesgos entre Estado y privados. La justificación técnica no requiere mucha elocuencia: cada año, México sufre alertas o restricciones puntuales por eventos en el Permian o por mantenimientos de ductos. Tener gas guardado permite sostener generación eléctrica y procesos industriales sin caer en compras de emergencia a precios prohibitivos. Por eso, la meta de 10 días se concibe como piso, no como techo.
La aritmética da vértigo, pero es manejable por fases. Si México consume alrededor de 9–10 Bcf/d en picos, hablar de 10 días implica 90–100 Bcf de capacidad equivalente repartida en varios desarrollos. Nadie plantea hacerlo de golpe. El plan sugiere clusters regionales y escalamiento conforme maduren ingeniería, permisos y financiamiento. La región norte podría priorizar cavernas salinas; el centro, yacimientos agotados con buena conectividad; el sur, soluciones ligadas a la expansión del Southeast Gateway y Mayakán. La lógica es evitar un único “gran tanque” y, en cambio, crear múltiples que, en conjunto, den redundancia real al sistema.
La pregunta inevitable es el costo. CENAGAS y analistas han señalado que, si bien los proyectos no son baratos, su valor se mide en las pérdidas evitadas durante crisis. El ejemplo reciente es ilustrativo: cuando el gas en Texas se disloca por clima o paros, México paga más por molécula y, en ocasiones, por diésel para cubrir generación. Un almacenamiento estratégico amortigua esas facturas, y además fortalece la posición de negociación de compradores mexicanos. La ecuación, trasladada a pesos, sugiere que un “seguro” de 10 días vale más que lo que cuesta no tenerlo cuando la red se tensa.
Nada de esto ocurrirá sin regulación fina y capacidad técnica. Se necesitan reglas claras para inyección/extracción, estándares de seguridad, marcos de tarifa y acceso, así como sinergias con CFEnergía y CENACE para que el gas almacenado apoye al sistema eléctrico en horas críticas. El desafío es convertir un plan serio en paquetes ejecutivos licitables. Si los primeros proyectos entran en marcha en 2026–27, México podría empezar la década con una red de colchones que haga menos vulnerables a industrias y hogares. Es una obra que no se verá desde la carretera, pero que se sentirá cada vez que la temperatura o un aviso de ducto no tumbe el sistema.





