La caída de producción de Pemex no es solo geología: es resultado de impagos a proveedores, taladros parados y una crisis financiera que estrangula inversión.
En México estamos acostumbrados a que cuando algo falla en Pemex, la explicación oficial mire al cielo: que si el precio del petróleo, que si la geopolítica, que si el “legado neoliberal”. Pero detrás de la caída en la producción de hidrocarburos líquidos hay un culpable mucho más terrenal y menos glamoroso: una empresa que dejó de pagar a quienes la mantienen viva.
En noviembre de 2025, Pemex produjo 1.624 millones de barriles diarios de hidrocarburos líquidos sin socios, 1.641 millones si sumamos privados, 1.9% menos que un año antes. En el acumulado enero–noviembre, la caída es brutal: −7.8% frente a 2024, incluso considerando la aportación privada. No es un bache; es una pendiente. Y no se explica solo con “declinación natural” o “ciclos del sector”.
Se explica, sobre todo, con proveedores asfixiados, taladros parados y cuadrillas recortadas.
Mientras la producción baja, la montaña de pasivos crece. Pemex carga casi 99 mil millones de dólares de deuda financiera y alrededor de 23 mil millones con proveedores, según datos recientes utilizados por la Secretaría de Hacienda para justificar la emisión de 12 mil millones de dólares en P-Caps para salvar la caja de 2025 y 2026.  No es un detalle contable: es la radiografía de una empresa que ha financiado su operación dejando de pagar a quienes le perforan, transportan, mantienen y operan el sistema.
Los proveedores llevan meses diciendo lo que ahora confirman los datos. Una investigación de prensa describía retrasos de hasta un año en pagos, más de 21 mil millones de dólares congelados en facturas y, como consecuencia, despidos masivos, flotas ociosas y solo 26 de 59 equipos de perforación en operación. Es decir: la producción cae no porque “falten reservas”, sino porque falta algo mucho más básico: flujo de efectivo para pagar la siguiente corrida de taladro.
En ese contexto, el relato triunfalista de la autosuficiencia energética suena a chiste cruel. El gobierno presume un futuro de 1.8 millones de barriles diarios, mientras las cifras mensuales muestran un Pemex que apenas sostiene 1.6 millones sumando socios, y eso con trampa estadística: mezclando crudo con condensados para inflar el número. La realidad operativa es otra: menos pozos perforados, menos intervenciones, menos mantenimiento. Y en petróleo, lo que no se invierte hoy se paga mañana en barriles no producidos.
La crisis de pagos de Pemex no es una anécdota de “mala administración”; es un síntoma de una economía que se financia a sí misma a costa de su aparato productivo. Cada factura que no se paga es una nómina que peligra, un crédito que se encarece, una empresa que recorta capex, una región que pierde empleo. Cuando esa dinámica ocurre en la principal empresa del país, el efecto se amplifica: se frena la inversión en cadenas de valor enteras, desde servicios petroleros hasta transporte, metalmecánica y construcción.
El discurso oficial insiste en que “todo está bajo control”, que “ya se normalizaron los pagos” y que “la deuda con proveedores se redujo a la mitad”. Pero la producción no miente. Si después de supuestos saneamientos seguimos viendo una caída de casi 8% en once meses, es que el ajuste llegó tarde, mal y a medias. Una empresa que descubre que es más fácil emitir deuda en Nueva York que pagar a tiempo en Ciudad del Carmen termina siendo un riesgo sistémico: para sus acreedores, para sus socios… y para la seguridad energética del país.
Pemex no está solo en una crisis de producción; está en una crisis de confianza. Y en este negocio, la confianza se mide en días de pago, no en mañaneras. Mientras la empresa siga tratando a sus proveedores como caja chica y amortiguador fiscal, la producción seguirá contando una historia muy distinta a la de los discursos oficiales. Y esa historia, hoy, es la de una petrolera que se está comiendo su propio futuro a crédito.





