La producción petrolera de Pemex cayó a su nivel más bajo en 7 años. La crisis financiera impacta ya directamente en su operación y credibilidad.
A las 6:40 de la mañana, en un módulo gris de Ciudad del Carmen, un ingeniero de Pemex abre su tablero de control. Ajusta sus lentes, ve las gráficas de producción del día, se queda unos segundos en silencio y solo atina a murmurar: “Otra vez bajó”. No es sorpresa, pero duele. Cada curva descendente es un recordatorio de que la empresa más grande del país se está quedando sin aire… y sin barriles.
Ese ingeniero, como miles dentro de Pemex, ya vive en carne propia lo que los boletines oficiales intentan maquillar: la producción de crudo cayó a 1.28 millones de barriles diarios, un nivel solo visto antes de que yo naciera. El número parece técnico, pero en realidad es un grito. Es la evidencia más clara de que la fragilidad financiera de Pemex ya no es solo un problema de contabilidad: ya está perforando sus niveles de operación.
Desde hace años, Pemex encontró un truco para suavizar el impacto: mezclar crudo con condensados. Así, donde antes había 1.28 millones de barriles de aceite convencional, hoy aparecen 1.645 millones bajo la bonita etiqueta de “hidrocarburos líquidos”.
Lo que no dice el reporte es que 365 mil barriles son condensados, líquidos ultraligeros con mucho menos valor comercial y que no resuelven el problema central: el país necesita crudo, no maquillaje estadístico.
El número que sí importa —el del aceite verdaderamente útil para refinación y exportación— está en caída libre: solo 48 mil barriles diarios de crudo superligero y 438 mil de crudo ligero. El resto es pesado, viscoso y cada vez más difícil de aprovechar sin inversiones profundas que hoy simplemente no existen.
Las empresas privadas aportan 180 mil barriles diarios, un volumen importante… pero insuficiente para detener la hemorragia. El gobierno insiste en que alcanzaremos 1.8 millones de barriles diarios antes de 2030. Con los taladros apagados, los pagos a proveedores retrasados y los campos maduros agonizando, la meta es una quimera.
El declive es físico, no ideológico. Los pozos envejecen. La geología no perdona. Y sin inversión —real, sostenida, operativa— los barriles no aparecen por decreto.
La caída no es azarosa. Pemex no perfora porque no puede, no porque no quiera. Sus adeudos con proveedores superan los 500 mil millones de pesos; la deuda financiera ronda los 98,800 millones de dólares. Y una empresa que no paga, no perfora. Una empresa que no perfora, no produce. Una empresa que no produce, se hunde.
En los centros operativos ya se ven los efectos:
- Equipos detenidos.
- Contratistas recortando personal.
- Intervenciones diferidas.
- Pozos que declinan sin mantenimiento.
La crisis financiera ya se volvió crisis operativa.
La presidenta Sheinbaum repite que “Pemex va muy bien”. Que Dos Bocas produce 280 mil barriles diarios. Que la autosuficiencia está a la vuelta de la esquina.
Pero ningún discurso puede revertir la curva de declive sin dinero, sin taladros y sin tecnología. Y menos aún sin privados: los únicos que aún tienen liquidez, músculo técnico y capacidad de riesgo.
Pemex ya no puede solo. No por falta de talento, sino por falta de capital. No por falta de voluntad, sino por falta de tiempo. El declive no espera.
El futuro energético pasa por una sola decisión seria: abrir la puerta nuevamente a la inversión privada, como ocurrió con las rondas de 2015–2018. Sin demonización. Sin ideología. Sin discursos de soberanía vacía.
Porque hoy, la verdadera pérdida de soberanía no es asociarse con privados.
La verdadera pérdida de soberanía es depender de condensados para disfrazar la caída del crudo.





