La electromovilidad aún pesa poco en la demanda eléctrica de México, pero su avance obliga a actuar ahora: infraestructura, regulación y redes inteligentes serán clave.
Recientemente participé en ICNC, uno de los principales foros de infraestructura de carga en Europa, realizado en el histórico aeropuerto de Tempelhof, en Berlín. Un espacio que reúne a más de 10 mil participantes del sector de electromovilidad, lo que más me llamó la atención fue cómo está evolucionando la conversación sobre la recarga en esa región.
Mientras en México todavía solemos medir el avance en número de cargadores instalados, en Europa la discusión va mucho más allá. La recarga comienza a entenderse como parte de un sistema energético inteligente que integra generación renovable, almacenamiento, gestión de demanda, tarifas dinámicas y, eventualmente, las baterías de los vehículos como activos capaces de interactuar con la red.
Ahí es donde la frontera entre las industrias automotriz y energética comienza a desaparecer. Los operadores serán cada vez más sofisticados: grandes redes con escala y cobertura, pero también jugadores especializados en segmentos y soluciones específicas. Como resumió el CEO de AMPECO: “go big, go niche or go home”.
Hace poco, en una reunión con CENACE, reflexionábamos sobre algo importante: hoy la electromovilidad representa menos del 0.1% de la demanda eléctrica nacional. Su impacto todavía es marginal, pero su crecimiento será constante. Por eso, la pregunta no debería ser si México está preparado para millones de vehículos eléctricos, sino qué estamos haciendo hoy para prepararnos.
Este es el momento para planear: desarrollar señales tarifarias adecuadas, facilitar la gestión inteligente de la carga, integrar generación distribuida y almacenamiento, generar información y construir una regulación que permita innovar y no agregue barreras con un supuesto objetivo de buscar la estabilidad del sistema eléctrico nacional.
Cuando los vehículos eléctricos sean millones, será demasiado tarde para empezar a diseñar el sistema. Podemos hacerlo con una demanda todavía manejable y convertir la convergencia entre energía y movilidad en una fuente de inversión, innovación y competitividad para México.










