Desde finales de febrero de 2026, se detectó en la bahía de Campeche una mancha de “chapopote” mar adentro y terminó convirtiéndose en un fenómeno regional. Las corrientes y mareas lo empujaron hacia las costas y hoy el chapopote ya impacta más de 630 kilómetros de litoral en Campeche, Tabasco y Veracruz. La extensión no es algo pequeño. Organizaciones y la Red Corredor Arrecifal han contabilizado 51 sitios afectados, con una huella que recorre desde el sur de Veracruz hasta Paraíso, Tabasco, y toca zonas ecológicamente sensibles del Golfo.
La cronología ayuda a entender por qué el derrame tomó dimensión de crisis. El 20 de febrero se identificó una mancha inicial de decenas de kilómetros frente a Campeche mediante imágenes satelitales y monitoreo civil. Para el 1 de marzo, comenzaron los primeros reportes en playas del sur de Veracruz; el chapopote no llegó de golpe, sino en “oleadas”: pequeñas bolas negras, franjas en arena y restos adheridos a piedras, muelles y manglar. El 9 de marzo el frente avanzó hacia Coatzacoalcos y zonas aledañas; el 18 de marzo se registró su llegada al norte veracruzano, incluyendo Tamiahua, Tuxpan y Cazones, lo que confirmó que el derrame no era un episodio local sino un desplazamiento costero de gran escala.
El alcance geográfico es especialmente preocupante porque coincide con el Corredor Arrecifal del Suroeste del Golfo de México, una franja que integra alrededor de 125 arrecifes coralinos y rocosos, además de lagunas y manglares que sostienen pesca ribereña y biodiversidad. En términos prácticos, el chapopote no solo ensucia playas: puede impregnar raíces de mangle, afectar zonas de crianza de peces, y alterar cadenas alimenticias en áreas protegidas y de alta productividad biológica.
En paralelo creció el conflicto sobre el origen. Petróleos Mexicanos (Pemex) ha negado que el derrame provenga de sus instalaciones y desde el gobierno se ha repetido la hipótesis de que el responsable sería un barco privado, aunque sin identificar públicamente la embarcación ni mostrar evidencia concluyente sobre el punto exacto de fuga.
Inclusive, la presidenta Claudia Sheinbaum abrió la puerta a una investigación penal y admitió que aún no se determina con certeza si la fuga ha sido controlada. Ante esta situación, se ha desplegado un grupo interinstitucional que coordina la investigación y la limpieza, conformado por la ASEA (Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente) en la supervisión técnica, la PROFEPA (Procuraduría Federal de Protección al Ambiente) en la vigilancia de daños, y la SEMARNAT (Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales) como cabeza de sector. A este esfuerzo se suman la Marina, encargada del resguardo marítimo y contención, y Pemex, como brazo operativo responsable de las maniobras de reparación y saneamiento.
Esa ambigüedad pesa. Si no se identifica la fuente, no se puede cerrar la llave, ni garantizar que las playas limpias no vuelvan a mancharse. Y eso explica por qué en varias comunidades persiste la sensación de “limpieza parcial”; se retira chapopote visible, pero el oleaje trae material nuevo.
Postura federal
Sobre la respuesta, el gobierno federal ha comunicado avances en toneladas recolectadas. En un boletín de Pemex y SEMARNAT se reportó un avance general de 88% de limpieza y la recolección de 94.7 toneladas de residuos impregnados con hidrocarburo en playas de Veracruz y Tabasco, además de despliegue de personal especializado y barreras de contención. Sin embargo, organizaciones ambientalistas sostienen que hay puntos sin atención suficiente y que la llegada de chapopote continúa, por lo que han pedido declarar emergencia ambiental, transparentar el origen del derrame y garantizar reparación a comunidades pesqueras y turísticas afectadas.
El impacto económico ya es tangible: en diversas localidades se han reportado suspensiones de pesca, caída de actividad turística y costos adicionales de limpieza comunitaria. Pero el daño más profundo puede ser el “invisible”, la afectación a manglares, lagunas y arrecifes que tardan años en recuperarse. Por eso, el derrame no se mide solo por kilómetros manchados; se mide por la rapidez con que se identifique la fuente, se contenga de forma definitiva y se establezca un mecanismo de compensación real. Mientras eso no ocurra, el chapopote seguirá llegando como recordatorio de un problema mayor. En el Golfo, la contaminación se mueve rápido; pero la rendición de cuentas, no tanto.








