En el sector energético, pocas variables son tan determinantes como la rentabilidad esperada y la certidumbre regulatoria. Tradicionalmente, el análisis de inversión ha privilegiado indicadores financieros —TIR, CAPEX, OPEX, horizonte de recuperación— como los principales criterios para la toma de decisiones. Sin embargo, en mercados emergentes y altamente regulados como los de América Latina, la ecuación es más compleja.
Hoy, el capital no solo evalúa cuánto puede ganar, sino qué tan predecible es el entorno en el que va a operar. De acuerdo con la Agencia Internacional de Energía (IEA), la inversión global en energía superó los USD 2.8 billones en 2023–2024, con una proporción creciente destinada a energías limpias. Sin embargo, este capital no se distribuye de manera uniforme: tiende a concentrarse en mercados donde las reglas del juego son claras, estables y ejecutables.
En este contexto, la certidumbre regulatoria ha dejado de ser un atributo deseable para convertirse en un requisito estructural de bancabilidad.
La ecuación real del inversionista: más allá de la TIR
En términos prácticos, un inversionista en energía no toma decisiones únicamente con base en la rentabilidad proyectada. Evalúa, al menos, cuatro dimensiones críticas:
- Certidumbre regulatoria: estabilidad en reglas, contratos y políticas públicas
- Seguridad jurídica: capacidad de hacer exigibles derechos y contratos
- Previsibilidad de flujos: especialmente en contratos de largo plazo (PPAs)
- Riesgo país y político: cambios de administración, reformas o intervención estatal
Esto explica por qué proyectos con menor TIR pueden resultar más atractivos en mercados estables, mientras que proyectos altamente rentables pueden quedar sin financiamiento en entornos inciertos. En otras palabras: la rentabilidad sin certidumbre no es invertible.
América Latina enfrenta hoy una paradoja. Por un lado, cuenta con:
- Más de 650 GW de capacidad instalada
- Alta penetración de energías renovables (>60%)
- Recursos naturales altamente competitivos
Por otro lado, enfrenta barreras que limitan el flujo de inversión:
- Cambios regulatorios frecuentes
- Retrasos en permisos
- Incertidumbre en esquemas de mercado
- Riesgos asociados a la ejecución de contratos
De acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo, la región requiere inversiones anuales superiores a USD $100 mil millones para cumplir sus metas de transición energética hacia 2030. Sin embargo, una parte significativa de este capital se encuentra en espera, evaluando condiciones regulatorias y estructuras de riesgo.
México: la nueva ecuación bajo esquemas de inversión mixta
En el caso de México, la discusión sobre certidumbre y rentabilidad adquiere una dimensión particular en el contexto de los nuevos esquemas impulsados por la Comisión Federal de Electricidad, especialmente a través de los modelos de desarrollo mixto. Estos esquemas surgen en un momento en el que el país busca reconfigurar el equilibrio entre Estado y mercado, privilegiando una mayor participación estatal en la planeación y control del sistema eléctrico, sin excluir completamente al capital privado.
En términos generales, estos modelos buscan movilizar inversión privada bajo un marco donde el Estado mantiene el control estratégico de los activos y de la operación del sistema, ya sea a través de participación accionaria mayoritaria, control en la toma de decisiones o esquemas contractuales de largo plazo. En la práctica, esto se traduce en estructuras donde el privado aporta capital, capacidad de ejecución y eficiencia operativa, mientras que la CFE conserva un rol dominante como socio, offtaker o eje de coordinación del proyecto.
Este rediseño responde a una lógica de política pública clara: asegurar soberanía energética, garantizar la planeación centralizada del sistema y al mismo tiempo aprovechar la capacidad financiera y técnica del sector privado
Sin embargo, desde la perspectiva del inversionista, estos esquemas implican un cambio relevante en la forma de evaluar proyectos.
Tradicionalmente, el atractivo de la inversión en energía en México estaba vinculado a modelos de mercado con mayor apertura, donde los inversionistas podían estructurar proyectos con cierto grado de autonomía operativa, diversificación de clientes y exposición a señales de mercado. En contraste, los modelos de desarrollo mixto introducen una lógica distinta:
- menor control directo sobre la operación o gobernanza del activo
- mayor dependencia de decisiones institucionales
- pero, potencialmente, mayor certidumbre en la demanda y en los flujos, al estar respaldados por un actor estatal
Desde una perspectiva estratégica, este modelo redefine la lógica de inversión: ya no se trata únicamente de maximizar retornos en función de variables de mercado, sino de optimizar el binomio entre rentabilidad y certidumbre bajo esquemas de colaboración público-privada más estructurados.
Los esquemas de inversión mixta plantean una pregunta clave: ¿está el inversionista dispuesto a sacrificar control a cambio de certidumbre? La respuesta no es uniforme.
Para inversionistas institucionales (fondos de infraestructura, multilaterales), la prioridad suele ser: estabilidad de flujos, contratos ejecutables y riesgos acotados
Para desarrolladores privados, en cambio: control del proyecto, flexibilidad operativa y capacidad de decisión. Esto implica que el éxito de estos modelos dependerá de su capacidad para equilibrar: control estatal, atractivo financiero y certidumbre regulatoria.
Por tanto, el sector energético está transitando hacia una nueva lógica de inversión. Ya no basta con ofrecer proyectos rentables. Es necesario ofrecer entornos predecibles.
En este nuevo contexto:
- la certidumbre regulatoria se convierte en un activo
- la estabilidad institucional en un diferenciador
- y la confianza en un habilitador de inversión
Desde mi experiencia liderando estrategias regulatorias y de desarrollo de negocio en el sector energético, la lección es clara: el capital no huye del riesgo, huye de la incertidumbre.
Entonces, México sí tiene una oportunidad relevante para atraer inversión energética en los próximos años. Sin embargo, el éxito de esta estrategia no dependerá únicamente de los esquemas financieros o de participación, sino de su capacidad para construir un entorno donde la rentabilidad y la certidumbre no compitan, sino se complementen.
Porque al final, en el sector energético: la mejor inversión no es la más rentable… es la más predecible.








