El impago crónico de Pemex a subcontratistas en Tabasco y Campeche ya no es un problema de caja: está reventando economías locales enteras y normalizando la precariedad.
En Tabasco y Campeche la economía no se mide solo en PIB; se mide en facturas vencidas, nóminas recortadas y restaurantes vacíos entre semana. Son estados que se vendieron durante décadas como “capital petrolera de México”: Campeche llegó a depender mayoritariamente de la minería petrolera para su PIB, mientras Tabasco se consolidó como segundo productor nacional de crudo.  Hoy esa etiqueta pesa más como condena que como orgullo.
La historia es conocida en Villahermosa y Ciudad del Carmen: Pemex no paga, los contratistas grandes se escudan en que “no hay saldo en el contrato” y la bomba termina estallando en el último eslabón de la cadena: subcontratistas locales, talleres, empresas de servicios, transportistas. No hablamos de teoría financiera, sino de negocios que viven al día y que hoy están financiando —a la mala— la operación de la petrolera.
Mientras los pequeños proveedores presentan oficios y protestan por sobregiros contractuales, Pemex reconoce ante la SEC que al 30 de septiembre de 2025 debía 517,100 millones de pesos a sus proveedores y que planea pagar los adeudos de 2025… en hasta ocho años.  Ocho años en la vida de una PyME de Carmen o Paraíso no es un horizonte financiero: es una sentencia de muerte.
El impacto macro ya se ve en los indicadores. En 2024, Tabasco y Campeche encabezaron las caídas del PIB estatal, con contracciones de -6.5% y -6.9% respectivamente, en buena medida por el bache petrolero.  A esa recesión se le está sumando ahora una crisis de liquidez inducida: empresas que no pueden pagar IMSS, SAT ni Infonavit porque Pemex y sus contratistas “no tienen” para pagarles… pero les exigen estar al corriente para acceder a los pocos programas de pago que se anuncian.
La paradoja es brutal: en la Sonda de Campeche operan complejos gigantes como Ku-Maloob-Zaap y Cantarell, que durante años aportaron más de un tercio del petróleo del país.  Pero alrededor de esos monstruos productivos hay colonias enteras donde el problema ya no es el precio del crudo, sino el precio de seguir creyendo que “Pemex siempre paga”.
No se trata solo de “relación comercial”. Cuando el principal motor económico de una región decide transformar a sus proveedores en su banca de desarrollo informal, lo que se erosiona no es solo la cadena de valor: es la confianza. Y sin confianza —ni capital de trabajo— no hay reactivación posible, por más discursos de soberanía que salgan desde la Ciudad de México.
Si Pemex quiere seguir llamando a Tabasco y Campeche “su casa”, tendrá que empezar por pagar la renta moral y económica que durante años ha dado por descontada.








