Con ventas de solo 294 mil barriles diarios en enero (mínimo en 36 años), ¿Pemex prioriza refinerías o cede ante el declive mientras el barril rebota? Escenarios hacia 2031.
En plena escalada de tensión en el Estrecho de Ormuz —un corredor que puede disparar primas de riesgo, fletes y precios— México llegó a 2026 con una paradoja incómoda: su principal empresa petrolera está exportando menos crudo que nunca en décadas. Enero cerró con 294.4 mil barriles diarios de exportación, una contracción anual de alrededor de 44.6%, en un piso que no se veía desde finales de los ochenta o principios de los noventa, según el recuento por serie histórica.
El dato sería solo estadística si ocurriera en un mercado plano. Pero ocurre cuando el precio del barril volvió a rebotar por el conflicto en Medio Oriente y por el riesgo de interrupciones logísticas. Esa combinación, “precio alto más exportación mínima”, es lo que enciende el debate en el sector: ¿México está dejando dinero sobre la mesa? ¿O simplemente está ejecutando una decisión deliberada de redirigir barriles hacia el mercado interno, aun a costa de caja en divisas?
La explicación oficial más recurrente en los últimos años ha sido “refinar más, exportar menos”. El problema es que el país no llega a esa ecuación con una refinación plenamente estable y, sobre todo, llega con una brecha entre lo que se planeó en finanzas públicas y lo que se está logrando en la realidad. El Paquete Económico 2026 visualizó exportaciones promedio cercanas a 521 mil barriles diarios; enero quedó 43.6% por debajo de ese objetivo. La diferencia no es menor porque el presupuesto se construye con supuestos: si el volumen real cae, el Estado debe compensar con precio, con recaudación alternativa o con ajustes de gasto.
En lo operativo, el desplome exportador se puede leer de dos formas que conviven. La primera es la intencionalidad: menos exportación porque se busca alimentar refinerías y sostener disponibilidad doméstica de combustibles. La segunda es más dura: menos exportación porque la producción y la logística no dan para sostener ambos frentes a la vez. Un mes en 294 mil bpd puede ser una “foto”; varios meses cerca de ese nivel ya sería una “tendencia”.
Además, el destino geográfico del crudo exportado también se está estrechando. En enero, las exportaciones hacia América rondaron 214 mil barriles diarios y hacia Europa 81 mil, con descensos fuertes contra el año previo y contra diciembre. Eso implica que México está perdiendo presencia o regularidad en mercados que, para una empresa petrolera, también son un activo: relaciones comerciales, compatibilidad de crudos, contratos y ventanas logísticas.
En medio de esta caída, el precio internacional ha sido todo menos estable. La escalada alrededor de Ormuz ha empujado la conversación global hacia “prima de riesgo”: aunque México exporte menos volumen, el precio alto puede compensar parte del golpe, pero solo parcialmente. La clave está en el multiplicador: precio por barril x volumen. Si el volumen se colapsa, el precio necesita subir mucho para neutralizar la caída, y ese mismo precio alto también encarece importaciones de combustibles, que México sigue realizando en magnitud.
La pregunta que más inquieta a quienes siguen el balance energético no es moral, es matemática: ¿hasta qué punto redirigir crudo a refinerías ayuda más que exportarlo? Y la respuesta cambia por semana. Si el sistema de refinación opera con estabilidad, redirigir crudo puede reducir importación de gasolinas y diésel, y bajar exposición a mercados externos. Pero si la refinación tropieza o si los rendimientos no son los esperados, exportar menos se traduce en menos caja sin el beneficio pleno de más combustibles disponibles.
Con ese contexto, se pueden trazar tres escenarios hacia 2031 (no pronósticos, sino rutas plausibles con supuestos). En un escenario de “normalización exportadora”, Pemex recupera parte del volumen exportable conforme estabiliza producción y repara logística, acercándose otra vez a niveles de 450–550 mil bpd, mientras mantiene una dieta consistente para refinación. En un escenario de “exportación mínima estructural”, México sostiene exportaciones en rangos bajos (250–350 mil bpd) porque el crudo se queda en el sistema interno o porque la producción no crece, y el Estado depende más de precio y apoyos para sostener caja. En un escenario de “rebote por precio y disciplina”, el volumen no sube mucho, pero la empresa maximiza valor por barril con una mezcla exportable más selectiva y contratos con mejores diferenciales, a costa de mayor importación de combustibles cuando la demanda interna sube.
El mes de enero no define el 2031, pero sí coloca un marco: exportar menos en una coyuntura de precios altos por riesgos geopolíticos obliga a explicar, con números y con ejecución, cuál es la prioridad real: caja inmediata, autosuficiencia de combustibles, o simplemente sobrevivir a una curva productiva más débil.








