Pemex produce gasolinas 20% más caras que las importadas, drenando recursos hacia Sistema de Refinación ineficiente y subsidiado que castiga al contribuyente y limita inversión.
El problema no es ideológico ni semántico: es aritmético. En noviembre de 2025, producir gasolinas en el Sistema Nacional de Refinación (SNR) costó 103.8 dólares por barril. Importarlas, 86. La diferencia: casi 18 dólares por cada barril que insiste en salir de una refinería vieja, cara e ineficiente… pero políticamente intocable.
Nos vendieron la autosuficiencia como sinónimo de soberanía, cuando en realidad se ha vuelto sinónimo de subsidio permanente. El SNR —Cadereyta, Madero, Minatitlán, Salamanca, Salina Cruz, Tula y la flamante Olmeca— opera como un museo caro: mucho discurso, poca eficiencia, demasiados paros y un río constante de combustóleo que nadie quiere, pero alguien tiene que quemar.
Aquí está la contradicción central: mientras el negocio de exploración y producción puede dar retornos superiores al 20% en escenarios favorables, la refinación en el mundo es un negocio de márgenes apretados. En México, ni siquiera eso: Pemex Transformación Industrial acumula años de pérdidas, solo sostenidas gracias a transferencias fiscales y a la paciencia forzada del erario. No estamos refinando riqueza; estamos refinando déficit.
La famosa “dieta de crudo” es otro elefante en la sala. Varias refinerías fueron diseñadas para mezclas más ligeras, pero el sistema se ha ido cargando a crudo pesado porque eso es lo que hay y lo que la política quiere colocar. Resultado: menor rendimiento de gasolinas y diésel, más combustóleo, más consumo de energía, más costos. Es como intentar correr un Fórmula 1 con diésel de tractor y luego culpar al piloto por la velocidad.
La explicación oficial siempre es la misma: “ya casi”, “ya viene la estabilización”, “Dos Bocas está arrancando”. Pero la realidad contable se impone: la gasolina que producimos es más cara que la que compramos, y esa ineficiencia se traslada al consumidor vía precios altos o al fisco vía apoyos y acuerdos para contener aumentos. El pacto de 2025 para topar el precio de la regular no fue un gesto de generosidad, fue un parche para que la aritmética política no desborde la irritación social.
Mientras tanto, el Gobierno presume que baja la inflación mientras carga sobre Pemex y el presupuesto el costo de sostener un sistema de refinación que no compite ni con las importaciones de la Costa del Golfo. El mensaje de fondo es brutal: estamos dispuestos a pagar más —todos— para no aceptar que algunas decisiones emblemáticas fueron económicamente equivocadas.
Lo más preocupante es que esta insistencia en “refinar a toda costa” limita justamente lo que Pemex más necesita: recursos para invertir donde sí genera valor. Cada peso que se hunde en plantas con márgenes negativos es un peso menos para exploración, mantenimiento de campos, reducción de deuda o pago a proveedores. Detrás de la narrativa de orgullo energético se esconde una reasignación permanente de recursos desde actividades rentables hacia un símbolo político.
No se trata de renunciar a refinar, pero sí de aceptar una verdad incómoda: la autosuficiencia mal entendida puede terminar siendo la forma más cara de dependencia. Si el Sistema Nacional de Refinación no puede producir combustibles a costos competitivos, entonces no es una palanca de soberanía, es un lastre financiero. Y mientras sigamos celebrando como victoria lo que, en números, luce como un lujo que no podemos pagar, la cuenta la seguirá cubriendo el mismo de siempre: el contribuyente.





