Pemex presume jornadas de pago, pero sus criterios excluyen justamente a los proveedores que más dañó. El resultado: más PyMEs asfixiadas y trabajadores en riesgo en plena crisis.
La narrativa oficial dirá que Pemex “cumple” con sus proveedores: dos jornadas de pago, 16 y 30 de diciembre, y promesa de liquidar entre 60 y 100% de adeudos. Sobre el papel suena a alivio de fin de año. En la realidad, para buena parte de la cadena de suministro es otra vuelta de tuerca: la empresa que no paga se reserva el derecho de decidir a quién sí rescata… con criterios que ella misma ayudó a volver inalcanzables.
La condición estrella es impecable: estar al corriente con SAT, IMSS e Infonavit. Nadie puede estar en contra de eso. El problema es el contexto: muchas de esas empresas hoy traen créditos fiscales, embargos o litigios justamente porque Pemex no les pagó a tiempo. Es el chiste cruel del sexenio energético: te asfixio, luego te excluyo del programa de oxígeno porque ya estás morado.
Mientras en las oficinas de la petrolera se diseñan filtros “técnicos”, en el otro lado hay empresas que llevan dos años estirando nóminas, pidiendo líneas de crédito carísimas, vendiendo activos o aplazando mantenimiento para no despedir gente. Ahora se les dice que sólo cobrará quien logre llegar limpio al examen fiscal… después de haber sido empujado al hoyo.
El mensaje es devastador para cientos de PyMEs del ecosistema petrolero: si la falta de pago te llevó a incumplir con el fisco o la seguridad social, quedas fuera de la tanda decembrina. Es la institucionalización del círculo vicioso: Pemex provoca el problema de liquidez, el Estado sanciona al proveedor, y luego Pemex usa esa sanción como pretexto para no pagarte todavía.
Todo esto ocurre con un dato que desnuda el tamaño del desorden: en 2025, la empresa habría cubierto apenas 30% de lo facturado en el mismo año, sobre un saldo global que ronda los 400 mil millones de pesos. Con esa proporción, la petrolera no tiene cadena de suministro, tiene una fila de acreedores cautivos que funcionan como su banca informal.
El fin de año agrava la paradoja. Mientras Pemex juega a seleccionar “elegibles”, las empresas tienen que pagar aguinaldos, cuotas, vacaciones, IMSS, Infonavit, proveedores más pequeños. Muchos dueños están haciendo números indecentes: ¿pago prestaciones completas y me endeudo más, o recorto personal para llegar vivo a enero? Cada cheque que no sale de Pemex se convierte en un despido silencioso en Ciudad del Carmen, Villahermosa o Poza Rica.
Lo más grave es que el criterio implícito es profundamente regresivo: las grandes, diversificadas, con espalda financiera y abogados, tienen más margen para sobrevivir a la morosidad y mantenerse “al corriente”; las pequeñas, que dependen en 70 u 80% de Pemex, son las primeras en caer en incumplimiento… y las primeras en quedarse fuera de la lista de pago.
Si Pemex quisiera de verdad ordenar su relación con proveedores, empezaría por reconocer una verdad incómoda: no se puede exigir cumplimiento impecable a quienes han financiado, a la mala, su crisis de liquidez. Lo otro, lo que estamos viendo, no es saneamiento financiero: es trasladar el costo del desorden de la empresa del Estado a las empresas y trabajadores que la han sostenido a crédito.





