Estados Unidos redefine la geopolítica petrolera con shale, aranceles y alianzas; OPEP+ pierde control y Venezuela podría reinsertarse. México, al reducir exportaciones, se va quedando fuera del tablero.
En 2026 se perfila un nuevo mercado petrolero, en el que las incertidumbres dejarán de ser el factor dominante en la formación del precio del barril. Durante los últimos años, la OPEP+ trató de aprovechar esa volatilidad para conservar control sobre la producción mundial y los precios, pero su estrategia no logró compensar el cambio de fondo: la nueva política comercial y de intercambios económicos de Estados Unidos, implementada a partir de 2025, alteró de manera profunda la dinámica de las balanzas comerciales.
Antes de 2015, Estados Unidos dependía del Medio Oriente y de Rusia para abastecerse de petróleo y gas, insumos clave para sus refinerías y su economía. Desde 1973, el país había delineado una política energética para reducir esa dependencia externa. El desarrollo de campos de shale permitió, décadas después, elevar la producción nacional de hidrocarburos al punto de convertir a Estados Unidos en exportador neto de petróleo y gas y, finalmente, en el principal productor mundial.
Ese fortalecimiento se volvió una amenaza para numerosos países del Medio Oriente, cuya estabilidad fiscal depende en gran medida de las exportaciones de crudo; en algunos casos, como Irán, entre 60 y 70% de sus ingresos provienen de ahí. En respuesta, en 2016 surgió la OPEP+, con la meta de contrarrestar la influencia estadounidense y evitar que Washington marcara, de facto, el precio del barril.
Hoy, Estados Unidos consume más de 9 millones de barriles diarios de gasolina y 4 millones de diésel, exporta más de 3 millones de barriles de crudo al día y aumenta el procesamiento de WTI ligero en sus refinerías. Bajo este escenario, la OPEP+ no logró su objetivo de contener la hegemonía energética norteamericana.
Frente a ello, Estados Unidos ha articulado una estrategia económica basada en tres pilares: energía (combustibles fósiles), comercio (aranceles) e inversión (inversión extranjera directa). La combinación busca generar ingresos para reducir el déficit presupuestario, disminuir la deuda pública y financiar el desarrollo de tecnología energética avanzada, manteniendo su posición estratégica global y respaldando a sus aliados.
Para sostener esta estrategia se requiere capital, y éste ya se genera mediante la exportación de petróleo, gas natural licuado y refinados. La demanda global sigue firme, en buena medida por la ausencia de políticas efectivas y por los desafíos financieros de la transición hacia energías no fósiles, tal como lo muestran las proyecciones recientes de la Agencia Internacional de la Energía.
La Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) confirma esta hegemonía: proyecta una producción de 13.5 millones de barriles diarios para 2026, resultado de incrementos de 300 mil barriles diarios en 2024 y 400 mil en 2025, impulsados sobre todo por la Cuenca Pérmica (Texas y Nuevo México). La EIA prevé además que el WTI promediará 65 dólares por barril en 2025 y 51 dólares en 2026, por debajo del promedio estimado de 77 dólares para 2024.
La sostenibilidad de esta producción descansa en la perforación constante de entre 10,000 y 12,000 nuevos pozos al año. Según la Reserva Federal de Dallas, el costo medio de equilibrio para nuevos pozos oscila entre 60 y 65 dólares por barril, dependiendo del tamaño y ubicación de la empresa. En cambio, los pozos existentes pueden operar con precios de 30 a 45 dólares por barril, al requerir sólo mantenimiento o reparaciones.
Esto no representa un problema inmediato para el gobierno estadounidense. Su prioridad es mantener bajo el costo de adquisición del crudo para abastecer sus 132 refinerías en operación, asegurar combustibles relativamente baratos, contener la inflación y reducir la tasa de interés interbancaria hacia 2026. Cabe señalar que alrededor de 70% de la capacidad de refinación está diseñada para procesar crudos pesados. Estados Unidos importa entre 6 y 7 millones de barriles diarios, de los cuales entre 65 y 70% provienen de Canadá.
En este contexto se despliega la nueva estrategia de mercado: incrementar la exportación de crudo ligero y mantener un flujo estable de crudo pesado importado. Dado que Canadá es el principal proveedor, es razonable anticipar ajustes significativos en los aranceles dentro del T-MEC, incluyendo mayores gravámenes a ventas por debajo del valor promedio mundial para compensar esas tarifas y permitir que los productores del norte de Estados Unidos sigan exportando.
Aquí aparece la pregunta clave para México. El país ha declarado su desinterés en seguir jugando un papel importante como exportador de crudo, al restringir su producción. Al disminuir el envío de crudo pesado a las refinerías estadounidenses, obliga al principal consumidor de petróleo del mundo a buscar nuevas fuentes para reducir riesgos logísticos, comerciales y arancelarios en el corto y mediano plazos.
Una de esas alternativas es Venezuela. Un eventual cambio de régimen podría reordenar el tablero: Estados Unidos tendría de nuevo acceso al crudo pesado venezolano, ideal para las refinerías de la Costa del Golfo. Una flexibilización de sanciones permitiría el libre flujo de ese crudo, apoyando el objetivo de mantener precios bajos de gasolina, controlar la inflación y gestionar tasas de interés.
Una Venezuela alineada con Washington dentro de la OPEP alteraría la dinámica interna del cártel y reforzaría los vínculos diplomáticos entre Estados Unidos, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. Con alrededor del 40% de la producción mundial diaria, la OPEP seguiría controlando el suministro para estabilizar precios, pero con un equilibrio de fuerzas distinto.
Durante sus dos mandatos, el presidente Trump ha buscado consolidar la relación con Arabia Saudita, líder de facto de la OPEP. Su reciente encuentro con Mohammed bin Salman apunta en esa dirección: más cooperación económica y de defensa, con el petróleo como eje estratégico.
La OPEP, por su parte, tiene interés en mantener a Venezuela dentro del grupo, a pesar de las tensiones internas por cuotas de producción desde la creación de la OPEP+.
El resumen estratégico es claro: Washington quiere asegurar petróleo suficiente y barato; Riad y Abu Dabi aspiran a preservar precios razonables y relevancia geopolítica; Caracas busca reinsertarse en el mercado. En medio de esta reconfiguración de la geopolítica petrolera, la pregunta incómoda persiste: ¿México, dónde quedó?





