Pemex y CFE se deben miles de millones. Más allá de cuestiones técnicas, lo que se exhibe es el colapso operativo y financiero del Estado mexicano energético.
Esta escena ocurre todos los días en varias partes de la república mexicana. Son las 9:27 de la mañana. Un proveedor mediano, con nómina justa y facturas vencidas, prende su computadora esperando un milagro: un correo de Pemex con fecha de pago. Nada. Lo que sí aparece es la notificación del banco: su línea de crédito ha sido congelada. No por falta de clientes, sino porque su principal cliente —la paraestatal— le debe desde hace más de 8 meses, con promesas de pago desde marzo de este año.
Es el mismo drama que viven cientos de contratistas, con una variante macabra: ahora incluso la Comisión Federal de Electricidad (CFE) también está en la lista de acreedores de Pemex. El Estado mexicano ya ni siquiera se paga a sí mismo.
Pemex le debe a la CFE más de 4,300 millones de pesos. No está claro si son por electricidad, por interconexión o por convenios interinstitucionales. No importa. Lo relevante es que dos de las “empresas del Estado, el motor del desarrollo” no logran conciliar ni sus propias cuentas internas. Y eso que tienen acceso al mismo presupuesto federal, al mismo secretario de Hacienda y —probablemente— al mismo Excel de pagos diferidos.
Lo más patético es que se ha tenido que crear una “mesa técnica” para revisar estos saldos. Como si se tratara de un conflicto entre países o de una negociación internacional, y no de dos brazos del mismo cuerpo. Ya quiero ver que usted haga una “mesa técnica” con la CFE después de dejar de pagar un mes su recibo.
El problema, claro, no es la deuda con la CFE. Es el síntoma. El tumor está en la estructura financiera de Pemex: más de 500 mil millones de pesos en pasivos con terceros; una montaña que no deja de crecer; un flujo de caja estrangulado por una mezcla tóxica de baja producción, costos crecientes y refinerías que más que procesar, se tragan presupuesto.
La deuda con CFE es solo un espejo más que devuelve la imagen distorsionada de una empresa que ya no funciona como tal, sino como un mecanismo de política pública subsidiada… y de administración del caos
¿Y la solución? Más mesas. Más reuniones. Más promesas de pago a proveedores que ya no creen en fechas. La realidad es que ni Pemex ni CFE pueden sostener la narrativa de autosuficiencia energética si no pagan ni su propia luz.
Cada peso que Pemex le debe a la CFE o a un contratista es un peso menos para mantenimiento, para perforación, para operación básica. Y cada peso que CFE deja de recibir, es menos inversión en infraestructura, en redes, en confiabilidad del sistema eléctrico.
Mientras tanto, la Secretaría de Energía guarda silencio. Hacienda también. Y los proveedores aprietan los dientes para resistir un mes más. No porque crean en Pemex, sino porque no tienen otra opción. El gran cliente del Estado se ha vuelto el peor pagador de América Latina.
Y ahora ni entre hermanos se saldan las cuentas.





