Petrobras se salvó con precios de paridad, venta de activos, foco en exploración y gobierno corporativo. Pemex podría copiar la receta, pero exige decisiones costosas.
Si Pemex tuviera que elegir un espejo incómodo para mirarse, Petrobras sería el más útil. No por simpatía ideológica, sino por brutal eficacia financiera. La petrolera brasileña pasó —en menos de una década— de ser sinónimo de endeudamiento extremo y crisis reputacional por Lava Jato, a una empresa capaz de recortar deuda, recuperar credibilidad y operar con una lógica simple: primero caja, luego narrativa.
El punto de este análisis no es romantizar a Petrobras (su historia reciente también está marcada por vaivenes políticos), sino subrayar que sí existe un camino probado para que una petrolera estatal haga un “cambio drastico” sin renunciar a su carácter público.
1) La primera cirugía: dejar de sangrar en el mostrador
El “pecado original” de muchas petroleras estatales es vender combustibles con lógica política y no económica. Petrobras rompió esa tradición cuando adoptó la política de paridad de importación (PPI) en 2016: los precios internos siguieron referencias internacionales y tipo de cambio, reduciendo el riesgo de que la empresa subsidiera gasolina con su propio balance.
Ojo: Brasil ajustó su política en 2023 (porque la política siempre vuelve), pero el mensaje para el rescate fue claro, sin disciplina de precios, no hay disciplina de deuda.
¿Que puede hacer Pemex?
Pemex no necesariamente tendría que “soltar” el precio final al consumidor de golpe (México tiene su arquitectura fiscal y social), pero sí podría avanzar a una fórmula transparente: que el costo real del combustible no se esconda dentro de Pemex vía pérdidas operativas, sino que se administre —si se decide— vía mecanismos explícitos y presupuestados. La diferencia es clave: subsidio explícito se debate; subsidio oculto quiebra silenciosamente.
2) “Vender los anillos”: desinversión para pagar deuda
Petrobras entendió que no podía salvar todo al mismo tiempo. Y vendió activos para bajar apalancamiento, no para financiar caprichos nuevos. Un emblema fue la desinversión en gasoductos: la venta de TAG se valuó en torno a 8.6 mil mdd y fue presentada como parte de una estrategia de optimización de portafolio y reducción de deuda.
Otro ejemplo: la operación de NTS (gasoductos en el sureste) se pactó alrededor de $5.2 mil mdd por una participación controladora, reforzando la idea de que infraestructura “valiosa” también puede monetizarse si el objetivo es sanear el balance.
¿Qué vendería Pemex en un “modelo Petrobras”?
No es un llamado a rematar la empresa: es reconocer que Pemex tiene activos y líneas que no son su corazón productivo. En su propio reporte, Pemex enumera inversiones y capitalizaciones en líneas como fertilizantes y otras iniciativas; eso abre la puerta a discutir qué genera retorno y qué consume caja.
La premisa sería directa: todo activo que no aumente producción rentable o reduzca costos estructurales debería evaluarse para desinvertir y aplicar el ingreso a amortizar deuda.
3) Foco obsesivo en rentabilidad: el “pre-sal”
Brasil tuvo la bendición geológica del pre-sal, sí. Pero el aprendizaje exportable es otro: concentrar CAPEX donde el margen es mayor. Petrobras redujo deuda desde su pico (aprox. $126 mil mdd en 2015) a niveles mucho menores en años posteriores, en paralelo a un portafolio más enfocado.
Y su métrica de apalancamiento se volvió defendible: en cuarto trimestre del 2024 el indicador Deuda neta / EBITDA ajustado aparece en 1.29x en su página de inversionistas.
¿El equivalente para Pemex?
Pemex hoy carga una deuda total cercana a $100.3 mil mdd (septiembre de 2025) y necesita que cada peso de inversión compita por retorno.
Replicar a Petrobras implicaría dos cambios:
- Reactivar asociaciones (farm-outs) y esquemas tipo “capital de terceros” para exploración y desarrollo, especialmente donde Pemex no tiene dinero suficiente.
- Rebalancear la obsesión por refinación: no significa abandonar soberanía, sino evitar que el “proyecto país” se coma la rentabilidad del upstream. Si la refinación no paga (o paga poco), debe operar con metas de eficiencia y disciplina, no como aspiradora permanente de CAPEX.
4) Gobierno corporativo: blindaje contra la tentación electoral
Tras la crisis, Brasil impulsó marcos de profesionalización y controles para estatales (la Ley 13.303/2016 es parte del andamiaje), buscando reducir interferencia política y elevar estándares de contratación y gobernanza.
No es magia: es crear fricción institucional para que sea más difícil capturar la empresa.
¿Pemex puede? Puede, pero ahí está la “kryptonita política”: un consejo con mayoría independiente, auditorías con dientes, compras con trazabilidad real y KPI financieros públicos que obliguen a explicar cada desviación.
El obstáculo real: no es técnico, es voluntad
La diferencia de fondo no es un Excel; es el “para qué”. Petrobras, durante el giro, operó con un mandato más cercano a valor y solvencia. Pemex opera con un mandato donde “servicio público” y “soberanía” pueden justificar pérdidas. El problema es que la contabilidad no vota: si el balance se rompe, la soberanía se vuelve deuda… y la deuda se vuelve política.
La paradoja es que el camino Petrobras no exige privatizar Pemex: exige algo más difícil en México: aceptar costos políticos hoy para comprar viabilidad financiera mañana.








