La tasa de informalidad laboral en México alcanzó 54.9 % en septiembre. Actividades secundarias cayeron 1.14 % anual; la manufactura retrocedió −2.57 %.
La economía mexicana enfrenta un desafío persistente que, aunque silencioso, está ganando velocidad en el sector industrial: la informalidad laboral. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la tasa de informalidad llegó a 54.9 % en septiembre de 2025, lo que equivale a 33.1 millones de personas ocupadas sin seguridad social ni protección laboral formal.
Lo grave es que mientras el empleo informal crece, el empleo formal en las actividades secundarias —que incluye la manufactura— registra contracciones: el empleo en esta categoría cayó 1.14 % anual, y en el caso de la manufactura, el descenso fue de 2.57 %.
Desde plantas de autopartes hasta maquiladoras textiles, directivos de compañías industriales reportan condiciones difíciles: una combinación de menor demanda, costos al alza, competencia global e incertidumbre regulatoria. En ese contexto, muchas empresas optan por reducir plantilla, contratar a través de outsourcing o tercerizar procesos, lo que favorece la informalidad.
“La manufactura está atrapada entre querer crecer y tener que recortar”, comenta un ejecutivo de una planta en Guanajuato. “Pero cuando recortamos o tercerizamos, el empleo formal baja y los trabajadores quedan en esquemas más precarios”.
El impacto de esta informalización es múltiple:
- Menor productividad: los empleos informales en general tienen menor acceso a capacitación, tecnológica o estabilidad, lo cual afecta la calidad y eficiencia de la producción.
- Menor protección social: empleados informales carecen de acceso a salud laboral, pensiones o derechos básicos, lo que también repercute en la rotación, el ausentismo y la calidad.
- Dificultad para atraer inversión: los inversionistas globales buscan cadenas de suministro confiables y con cumplimiento normativo; niveles altos de informalidad pueden afectar la reputación y la continuidad de contratos críticos.
Para revertir esta tendencia, especialistas indican algunas líneas de acción:
- Incentivos para empleo formal en zonas industriales clave, con subsidios específicos para la manufactura de exportación.
- Monitoreo regulatorio y fiscal más efectivo para empresas que sistemáticamente utilizan esquemas informales para reducir costos.
- Fortalecimiento de la capacitación técnica y de las habilidades requeridas por la industria avanzada, para que los trabajadores formales sean más productivos y las empresas se animen a contratar con derechos.
- Transparencia en los esquemas de outsourcing, subcontratación y servicios en planta, para asegurar que la informalidad no se traslade al corazón de la cadena productiva.
En conclusión, la manufactura mexicana enfrenta un riesgo estructural: mientras la informalidad crece y el empleo formal cae, la competitividad del país como plataforma manufacturera se debilita. Si no se frena la tendencia, el efecto podría ser menor inversión, menor valor agregado y pérdida de mercado global. La informalidad ya no es solo un problema social: es un freno para la industria del siglo XXI.








