La reapertura de Venezuela al capital estadounidense amenaza la posición de México: Pemex queda endeudado, menos atractivo y atrapado en una estrategia petrolera cada vez más localista y costosa.
La captura de Nicolás Maduro no solo reordena el tablero político de América Latina; redefine la geopolítica del petróleo en el Golfo de México. Mientras en Caracas se comienza a hablar de “reconstrucción energética” bajo la bendición de Washington, en México seguimos repitiendo el mantra de la autosuficiencia, amarrados a un Pemex endeudado, con contratos poco atractivos y una visión cada vez más localista del negocio.
Estados Unidos tiene memoria larga. Venezuela fue, durante décadas, uno de sus principales proveedores de crudo pesado para las refinerías de la Costa del Golfo. Las sanciones y el colapso de PDVSA abrieron un espacio que México pudo haber aprovechado mejor. Hoy, con un eventual “regreso” de Venezuela al mercado bajo la tutela de empresas como Chevron o Exxon, ese espacio se cierra a toda velocidad.
En este nuevo contexto, México deja de ser el vecino incómodo con potencial y se convierte en el proveedor caro, impredecible y políticamente complicado. Pemex arrastra una deuda financiera cercana a los 100 mil millones de dólares, más decenas de miles de millones en adeudos a proveedores; su riesgo percibido está en la parte alta del espectro soberano. Venezuela, en cambio, se reposicionaría como el alumno recién readmitido: infraestructura devastada, sí, pero con reservas gigantescas y un patrocinador dispuesto a poner dinero, tecnología y diplomacia para reinsertarla al mercado global.
Los contratos mixtos que promueve la administración de Claudia Sheinbaum se quedan cortos en este escenario. Aun antes del giro venezolano, el diseño de estos contratos ya enfrentaba escepticismo: Pemex quiere conservar al menos 40% del flujo, los privados asumen 100% de la inversión y el historial de pagos de la empresa no inspira confianza. Ahora, cuando un operador internacional debe elegir entre asociarse con una petrolera sobreendeudada, con reglas cambiantes y riesgo político alto, o entrar a Venezuela con respaldo pleno de Washington, la decisión es casi obvia.
El impacto no es abstracto. Si México insiste en reducir exportaciones de crudo para alimentar refinerías deficitarias, mientras Venezuela vuelve a surtir a las refinerías estadounidenses con su crudo pesado, Pemex se verá obligado a buscar mercados más lejanos, con mayores descuentos y mayores costos logísticos. Menos ingreso por barril, más presión sobre una caja ya comprometida por servicio de deuda, gasto operativo y compromisos fiscales.
Al mismo tiempo, la caída o volatilidad en el precio internacional del petróleo —derivada de una posible mayor oferta venezolana— puede erosionar todavía más la ecuación financiera de Pemex. Una empresa con altos costos de producción, margen limitado en refinación y dependencia de apoyos fiscales es especialmente vulnerable a shocks negativos de precio. En esa ecuación, cualquier error de cálculo se traduce en menos inversión, menos mantenimiento y, finalmente, menos producción.
Mientras Estados Unidos reconfigura su mapa de abastecimiento con frío pragmatismo, México sigue atrapado en un discurso de soberanía que confunde control político con viabilidad económica. El riesgo de fondo es claro: que el “regreso” de Venezuela al juego global exhiba, aún más, lo que muchos no quieren admitir en voz alta: Pemex dejó de ser un jugador ofensivo y se está convirtiendo en un rezagado al que hay que sostener, no en un socio al que convenga apostar.





