En Ciudad del Carmen, Pemex paga a cuentagotas, asfixia a sus proveedores y empuja despidos masivos, mientras presume rescates y soberanía desde comodidad del discurso.
El lunes amanece pesado en Ciudad del Carmen. No por el calor —al que todos están acostumbrados—, sino por ese silencio raro en el taller de Don Luis. Donde antes tronaban las pistolas neumáticas y se escuchaban risas de mecánicos y soldadores, hoy hay más sillas vacías que cascos colgados. Luis mira la nómina en la pantalla y hace lo que lleva meses haciendo: multiplicar, restar, engañarse cinco minutos y volver a la misma conclusión. No alcanza.
Luis no es un improvisado. Lleva más de veinte años dándole servicio a Pemex: mantenimiento de equipos, pequeñas obras, servicios especializados. Creció al ritmo de la Sonda de Campeche, se endeudó cuando le dijeron que venía “el gran rescate de la empresa”, amplió su flotilla cuando le prometieron más contratos. Hoy, como cientos de empresarios carmelitas, vive en carne propia la versión tropical del “pago oportuno”: facturas de 2025 sin liquidar y un puñado de correos automáticos diciendo que “el proceso sigue en validación”.
De las más de 35 empresas locales con contratos directos con Pemex, Luis sabe que solo seis o siete vieron algo de dinero este cierre de año. “Les abonaron una parte… algo es algo”, le comentan en los pasillos. Él no está en esa lista privilegiada. ¿La razón? La misma trampa burocrática que se repite en cada conversación: para entrar al programa de pagos había que demostrar estar al corriente con SAT, IMSS e Infonavit. Fácil de pedir desde una oficina en la Ciudad de México; casi imposible cuando llevas meses financiando tú solo la operación porque Pemex no paga.
La escena roza lo absurdo: la empresa que no te paga te exige estar impecable con tus obligaciones precisamente afectadas por su falta de pago. Si no estás al corriente, no cobras. Y si no cobras, no puedes ponerte al corriente. Es el círculo perfecto, diseñado no en una mesa técnica, sino en la zona gris donde la contabilidad pública se lava las manos y le pasa la factura a los de siempre.
Desde su oficina, Luis hace otra lista, esta vez más dolorosa: a quién va a tener que recortar si en las próximas semanas no cae nada. Sabe que no es el único. En reuniones informales se habla de al menos 15 mil empleos perdidos en los últimos meses en Carmen y la región, y de un plan de Pemex para despedir a más de 700 personas más. Cada cifra es un rostro: el soldador que ya no mandará a su hija a la universidad, el chófer que tendrá que regresar a la pesca, el técnico que migrará a Monterrey o arriesgar la vida para ir a Texas a hacer lo que aquí ya no puede sostener.
Los discursos oficiales hablan de “soberanía energética” y de “orgullo petrolero”. En Ciudad del Carmen, la realidad tiene otro vocabulario: créditos vencidos, cuentas embargadas, juicios laborales, rentas atrasadas. Mientras Pemex presume contratos mixtos, metas de producción y apoyos del gobierno federal, la cadena de proveedores locales —esa que sostiene el día a día de las operaciones— se desangra en silencio.
Luis no pide milagros. Pide justicia y algo de coherencia. Si Pemex decidió usar a sus proveedores como banca de desarrollo de facto, al menos debería reconocerlo y asumir el costo. Pero en lugar de eso, se les mide con un checklist de cumplimiento perfecto, como si fueran corporativos multinacionales, cuando en realidad son PyMEs que ya hicieron el trabajo, pusieron el capital y ahora esperan, literalmente, poder pagar aguinaldos.
Lo más cínico es el discurso de “reactivación regional” que sigue circulando en boletines y conferencias. Desde fuera, Carmen se vende como polo energético; desde dentro, los empresarios ven cómo las persianas se bajan una a una, cómo los mejores técnicos se van y cómo la ciudad vuelve a depender del “ojalá el próximo año sí paguen”.
Luis mira por la ventana y ve pasar una pipa con el logo de Pemex. La ironía no se le escapa: la marca que antes significaba progreso en la isla hoy es sinónimo de incertidumbre. Pemex seguirá apareciendo en los informes, en los planes nacionales, en los discursos de soberanía. Pero si a sus proveedores locales los sigue tratando como daño colateral, habrá menos empresas, menos empleos y menos capacidad real de sostener la operación.
En Ciudad del Carmen, la crisis de Pemex ya no es un debate técnico ni una grilla de especialistas. Es un tema de sobrevivencia diaria. Y mientras en las oficinas centrales discuten modelos contractuales y estrategias de refinanciamiento, aquí la pregunta es brutalmente sencilla: ¿cuántas quincenas más se pueden aguantar sin que el desempleo termine por vaciar, no solo los talleres, sino la ciudad entera?





