México desplazó a Venezuela como principal proveedor de crudo a Cuba en 2025. El giro sube la temperatura política con EE. UU. y abre dudas sobre implicaciones comerciales.
Los números cuentan una historia que trasciende los tanques: en 2025, México se convirtió en el principal proveedor de crudo de Cuba, con un promedio de 12,284 barriles diarios, equivalente al 44% de las importaciones de la isla, según datos difundidos por medios financieros internacionales. La misma serie muestra que Venezuela—histórico sustento energético de La Habana—cayó a 9,528 barriles por día, un desplome que reacomoda equilibrios regionales y abre un frente político con Estados Unidos en el umbral de la revisión del TMEC de 2026.
La nueva ruta del crudo mexicano hacia Cienfuegos y otros puntos cubanos no surgió de la nada. Desde 2023 y a lo largo de 2024, Pemex incrementó suministros de crudo Olmeca y productos, primero con apoyos puntuales y luego con ventas comerciales, conforme a reportes regulatorios y seguimiento naviero. Entre enero y septiembre de 2024, los envíos promediaron alrededor de 20,000 barriles diarios, una señal temprana de un flujo que se consolidaría en 2025. Aunque la petrolera nacional no detalla públicamente los contratos vigentes, su documentación ante reguladores y coberturas periodísticas han mostrado un aumento en volumen y valor.
La fotografía de fin de año fue aún más elocuente. A finales de diciembre de 2025, se reportó un embarque de 80,000 barriles con destino a Cuba, episodio que volvió a colocar el tema en titulares y paneles de análisis. Esa operación coincidió con críticas desde sectores políticos estadounidenses y con advertencias de que la relación energética México–Cuba podría contaminar la conversación comercial más amplia entre Ciudad de México y Washington. Además de que la reciente captura de Nicolás Maduro por parte de la administración de Donald Trump, pone más presión al gobierno mexicano.
Desde Los Pinos, la narrativa oficial es de soberanía: se insiste en que los envíos se realizan dentro del marco legal y con criterios humanitarios y comerciales. Del otro lado, en Estados Unidos, las reacciones oscilan entre el reclamo político y la precaución diplomática: algunos legisladores han pedido revisar el tema en clave de seguridad y de sanciones, sobre todo tras el reacomodo en Venezuela y los cambios de flujo que ello implicó en 2025. La pregunta de fondo es si este nuevo rol de México en el abastecimiento de Cuba tendrá efecto dominó en la agenda bilateral de 2026.
Para el mercado, el ángulo es menos ideológico y más logístico. En un contexto de plataforma mexicana presionada y de refinación doméstica en proceso de estabilización, cada barril exportado compite con necesidades internas y con la demanda de Deer Park o Dos Bocas. La priorización de ventas, calidades y ventanas de carga exige una coreografía precisa: por un lado sincronizar cuotas, evitar demoras portuarias y blindar los cobros (si es que hay). En paralelo, Cuba enfrenta una crisis eléctrica crónica que hace del suministro externo un recurso de urgencia más que de conveniencia. En ese hueco se inserta el crudo mexicano.
De aquí a la revisión del TMEC, el termómetro no será solo la retórica de la soberanía energética: importarán los volúmenes sostenidos, la letra de los contratos, la postura de Hacienda en materia de ingresos petroleros y la resiliencia de la relación energética con Estados Unidos. Si México mantiene el liderazgo como proveedor de Cuba, el tema se trasladará de la sección internacional a la sección de negocios con mayor frecuencia. Por ahora, los datos son claros: 2025 fue el año en que México tomó la delantera y el mapa político lo está asimilando.





