México y Morelos comparten un problema: vivir atrapados en mitos históricos que frenan el desarrollo. En energía, esa nostalgia también compromete competitividad y futuro.
Para los que no me conocen, soy de Morelos, la cuna del zapatismo, y siempre he dicho algo que a muchos puede incomodarles. Uno de los principales problemas económicos del estado es que a Zapata no lo han bajado del caballo. Morelos sigue viviendo, en buena medida, a la sombra del caudillo. En el imaginario colectivo pesa más el mito del héroe revolucionario que la urgencia de construir condiciones modernas para el crecimiento económico. No lo digo como una crítica a la historia, sino como una advertencia sobre lo que pasa cuando un símbolo se vuelve más poderoso que la realidad.
En Morelos, esa herencia se traduce en tensiones permanentes alrededor de la tierra. La tenencia ejidal, los conflictos agrarios, las disputas entre comunidades, los litigios interminables y la resistencia política a transformar el uso del suelo han frenado durante años proyectos productivos, industriales, logísticos e inmobiliarios que podrían haber detonado desarrollo, empleo e inversión. Morelos se encuentra en el lugar 28 de 32 en atracción de inversiones. La tierra, que debería ser una plataforma para generar prosperidad, muchas veces termina atrapada en una lógica donde pesa más la narrativa histórica que la necesidad presente.
Y algo muy parecido ocurre en el sector energético mexicano.
Así como Morelos sigue mirando a Zapata como mito rector, México sigue viendo al general Lázaro Cárdenas como el gran tótem moral del sector energético, –hasta el hijo, sin saber de petróleo, preside un consejo consultivo en la empresa–. El problema no es admirar la historia. El problema es convertirla en dogma. Porque cuando un país deja de discutir sus recursos en términos de eficiencia, productividad, competitividad e inversión, y empieza a tratarlos como símbolos sagrados, cualquier intento de modernización se percibe como traición.
Ese es precisamente uno de los ejes de mi libro “El petróleo es nuestro (pero la deuda también): Cómo México quemó su futuro adorando al pasado“, en el que analizo cómo el petróleo dejó de ser solo un activo estratégico para convertirse en mito, identidad, religión civil y herramienta política. A lo largo del libro planteo que la historia energética de México no puede entenderse solo como una secuencia de reformas, expropiaciones o crisis, sino como una disputa permanente entre realidad y narrativa, entre necesidades del presente y lealtades simbólicas al pasado.
Y esa disputa ha salido carísima.
Durante décadas, el mito de que “el petróleo es nuestro” se mezcló con otros problemas culturales profundamente mexicanos, como son la desconfianza hacia la inversión privada, la romantización del control estatal, la corrupción, la politización de los recursos naturales y la incapacidad histórica para separar ideología de estrategia. El resultado ha sido un país que posee recursos en el subsuelo, pero que no ha sabido traducirlos de manera consistente en desarrollo, prosperidad y seguridad de largo plazo.
El Pemex de hoy no es el de 1938. El país de hoy no es el de 1938. Y el mundo energético de hoy, marcado por transición energética, competencia global, presión fiscal, tensiones geopolíticas y nuevas tecnologías, no se parece ni remotamente al contexto en el que nació el mito cardenista. Sin embargo, seguimos atrapados en una conversación que muchas veces confunde soberanía con inmovilidad.
Ese es otro de los grandes errores nacionales: confundir soberanía energética con seguridad energética. La primera suele usarse como bandera ideológica para justificar control, concentración y nostalgia. La segunda exige algo mucho más serio: garantizar energía suficiente, confiable, asequible y resiliente frente a los vaivenes del mercado global, las crisis geopolíticas y los cambios tecnológicos. México, demasiadas veces, ha preferido la épica a la estrategia.
Y mientras seguimos defendiendo símbolos, el tiempo corre. El margen para corregir el rumbo se reduce. La presión financiera sobre Pemex crece, la necesidad de inversión se vuelve más urgente y la ventana para aprovechar correctamente los recursos del subsuelo antes de que cambie por completo el mapa energético global se empieza a cerrar.
Por eso escribí este libro. Porque me interesa desmontar, con historia y contexto, la manera en que México ha convertido sus mitos energéticos en frenos para su propio desarrollo. Y porque, al final, tanto en Morelos como en el sector energético nacional, el gran desafío es el mismo: entender que honrar el pasado no debería significar quedarnos atrapados en él.








