Un fallo en una línea de 220 kV dejó sin luz a cinco provincias en Cuba, agravando una crisis eléctrica crónica por plantas obsoletas, combustible escaso y red deteriorada.
Cuba enfrenta una de las etapas más críticas de su crisis eléctrica. La noche del domingo un apagón afectó a cinco de las 15 provincias del país —Las Tunas, Granma, Holguín, Santiago de Cuba y Guantánamo— tras el disparo de una línea de transmisión de 220 kV en el occidente de la isla, lo que “provocó la desconexión del sistema”, informó la Unión Eléctrica (UNE). Aunque la empresa estatal aseguró que investiga las causas y trabaja en la recuperación del servicio, el evento profundiza un panorama ya delicado: en varias localidades la población apenas dispone de tres horas diarias de electricidad y, este verano, los cortes programados se extendieron incluso en La Habana, con hasta 10 horas sin luz en algunas zonas.
El trasfondo del problema es estructural. Ocho termoeléctricas obsoletas y una red de grupos electrógenos, dependientes de combustible cada vez más escaso, sostienen un sistema eléctrico envejecido y desgastado. La red de transmisión también muestra fatiga: fallas en líneas troncales como la de 220 kV provocan desconexiones en cascada que dificultan la estabilidad del sistema interconectado. La limitada disponibilidad de combustible tensiona aún más la operación, elevando el riesgo de salidas no programadas y de racionamientos prolongados.
Los esfuerzos de incorporación de renovables no han sido suficientes para aliviar la crisis. De los 52 parques fotovoltaicos previstos para este año, 28 —con inversión china— están en operación, pero su aporte no compensa la indisponibilidad térmica ni la intermitencia solar sin respaldo almacenado, por lo que el impacto sobre la duración y frecuencia de los apagones ha sido marginal.
Las consecuencias se sienten en la vida cotidiana —desde la conservación de alimentos hasta el funcionamiento de hospitales y servicios básicos— y en la actividad económica, que enfrenta interrupciones productivas, mayores costos y pérdida de competitividad. En el corto plazo, la UNE intenta estabilizar el sistema con mantenimientos correctivos, redispatch y racionamientos; sin embargo, la magnitud del desgaste sugiere que se requieren inversiones de mayor escala, modernización de generación térmica, almacenamiento para respaldar renovables y rehabilitación de líneas y subestaciones críticas.








