TÜV Rheinland garantiza la seguridad de los usuarios en equipos energéticos y sistemas fotovoltaicos con certificaciones apegadas a estándares internacionales.
Cada vez es más común hablar de eficiencia, nuevas tecnologías o capacidad instalada en proyectos de generación eléctrica, dejando de lado la seguridad y las certificaciones que los equipos energéticos necesitan para garantizar su correcto funcionamiento y el bienestar de los usuarios.
En este sentido, los programas de certificación técnica impulsados por empresas especializadas como TÜV Rheinland, se han convertido en una herramienta clave para evaluar su desempeño y fiabilidad operativa.
“Lo más importante que hacemos a través de una red de laboratorio que tenemos a nivel mundial para hacer una inspección, es un testeo y posteriormente una certificación de dos cosas en los productos. Uno, la seguridad y dos, la fiabilidad para lo que fueron hechos”, indicó Jesús gerente en el área de productos fotovoltaicos de la compañía.
El directivo explicó que el proceso inicia con una serie de pruebas técnicas que permiten comprobar que los equipos cumplen con los parámetros para los que fueron diseñados y que, además, pueden operar sin representar riesgos para las instalaciones o los usuarios.
Estas certificaciones se realizan a partir de estándares internacionales existentes relacionados con seguridad eléctrica, funcionamiento de sistemas y protocolos de comunicación. Por lo que, a partir de ellos, la empresa desarrolló una clasificación propia que permite distinguir distintos niveles de cumplimiento.
De esta forma, los productos evaluados pueden ubicarse dentro de tres niveles: básico, plus y prime, dependiendo del grado en que cumplen o superan los estándares establecidos.
La evaluación no se limita a un tipo específico de tecnología. Los programas de certificación abarcan un amplio portafolio de productos del sector energético, particularmente dentro del ecosistema de energías renovables.
Entre ellos se encuentran módulos fotovoltaicos, inversores, sistemas de almacenamiento de energía, cableado, interruptores y distintos componentes que forman parte de las instalaciones solares.
Las pruebas de producto se realizan en condiciones controladas de laboratorio para verificar el desempeño técnico de los equipos. Sin embargo, los especialistas subrayan que esta certificación es solo una parte del proceso de aseguramiento.
Además de las certificaciones de producto, la empresa también realiza pruebas en campo una vez que los sistemas ya se encuentran instalados.
“Una cosa es un certificado de producto que cumplió condiciones de laboratorio y otra cosa son los productos en sitio, que están expuestos a condiciones atmosféricas, temperaturas extremas o situaciones de operación distintas”, indicó Hermann Saenger, Country Manager de TÜV Rheinland México.
Estas evaluaciones permiten analizar el comportamiento de los equipos bajo condiciones reales de operación y detectar posibles anomalías, deterioro o pérdida de eficiencia que no necesariamente aparecen en los ensayos de laboratorio.
Las inspecciones en sitio también se realizan conforme a estándares internacionales que establecen qué tipo de pruebas pueden aplicarse para evaluar la calidad, seguridad y rendimiento de los sistemas energéticos una vez en operación.
El objetivo es generar reportes técnicos que permitan a los abricantes, los instaladores y los usuarios finales identificar áreas de mejora y garantizar que los sistemas continúen operando de forma segura.
Dentro de estos programas también se contemplan revisiones periódicas en las fábricas donde se producen los equipos. Estas auditorías, que suelen realizarse de manera anual, buscan confirmar que las capacidades de producción se mantienen constantes y que los procesos de manufactura siguen cumpliendo con los criterios establecidos.
Las certificaciones de producto, por su parte, pueden tener diferentes periodos de vigencia dependiendo del tipo de tecnología evaluada y de los estándares aplicables.
En caso de que un equipo no supere las pruebas técnicas, los laboratorios no emiten la certificación correspondiente, notificando al fabricante las fallas detectadas para que pueda rediseñar o modificar el producto antes de someterlo nuevamente a evaluación.
“Si un producto falla por temperatura, materiales u otra situación, no obtiene el certificado y el cliente tiene que revisar el diseño o el proceso de manufactura para cumplir con los requisitos”, agregó Saenger.
La infraestructura que respalda estos programas de certificación se concentra principalmente en Asia, Europa y Estados Unidos, donde se encuentran algunos de los laboratorios de mayor capacidad técnica.
En el caso de América Latina, México funciona como un punto de coordinación regional para distintos proyectos de evaluación y certificación, además de colaborar con autoridades regulatorias en grupos técnicos relacionados con normatividad energética.
Uno de los retos en la región, coinciden los especialistas, es fortalecer la cultura de seguridad dentro del sector energético, particularmente en industrias que han crecido de forma acelerada en los últimos años.
En el caso del sector solar, el rápido crecimiento de instalaciones también ha evidenciado problemas relacionados con la calidad de las instalaciones y la falta de estandarización en algunos proyectos.
De acuerdo con los especialistas, en instalaciones deficientes se han detectado pérdidas de rendimiento que pueden alcanzar hasta el 40% de la energía esperada, principalmente por errores en la instalación o en el diseño de los sistemas.
Ante este escenario, los programas de certificación y las evaluaciones independientes comienzan a posicionarse como una herramienta clave para mejorar la calidad de los proyectos energéticos y fortalecer la confianza en las tecnologías que impulsan la transición energética.




