Esto es un ejercicio de imaginación: un director presenta a Sheinbaum el Plan Águila, con disciplina de caja, pago a proveedores, gas y alianzas de riesgo. ¿Qué pasaría?
Dentro del despacho presidencial, el silencio tenía ese peso que aparece cuando la conversación deja de ser política y se vuelve quirúrgica. La Presidenta Sheinbaum no buscaba épicas ni adjetivos. Quería datos: flujo de efectivo, cronogramas de pagos, curvas de producción. Frente a ella, el nuevo director de Pemex —ingeniero de formación, curtido en operación y obsesivo con la caja— colocó una tableta sobre la mesa. En la pantalla no había glorias pasadas, sólo una gráfica simple: entradas y salidas. A un lado, un bloque rojo crecía como una sombra: proveedores.
—Presidenta —dijo, firme—, el Águila no está cansada por falta de cariño. Está cansada por diseño. No necesita más transfusiones que se pierdan en el sistema; necesita cirugía mayor. Esto es el Plan Águila. Y si lo hacemos bien, en cien días el país verá la diferencia: no en discursos, en equipos regresando al campo, en gas que deja de quemarse, en facturas que por fin se pagan.
Sheinbaum ajustó los anteojos y fue directo al hueso.
—¿Cómo detenemos la hemorragia sin privatizar la empresa ni el petróleo?
El director asintió, como si esa pregunta fuera el verdadero punto de partida.
—No vamos a vender el suelo. Vamos a compartir el riesgo y blindar la caja. El primer pilar es disciplina financiera real. No contable: real.
Con un toque, apareció una palabra enorme: CAJA.
—Pemex va a operar con una regla que hoy no existe: la caja manda. Instalamos un “cuarto de guerra” semanal de flujo de efectivo. Ahí se decide todo: qué se paga, qué se difiere, qué proyecto vive y cuál espera. Una sola lógica, una sola ruta, una sola trazabilidad. Cada peso con destino verificable.
Deslizó la pantalla y apareció un diagrama de dos cajas: “Exploración y Producción” y “Transformación Industrial”. Entre ambas, una compuerta.
—Segundo pilar: cerrar la fuga más grande. Transformación Industrial no puede seguir absorbiendo la rentabilidad del upstream como si fuera un derecho natural. Se acabó. No por castigo, por supervivencia. Habrá separación de tesorería y reglas de transferencia: upstream no se desangra para tapar pérdidas sin plan. Refinación tendrá su propio balance y su propia disciplina. Cualquier apoyo extraordinario estará condicionado a metas, hitos trimestrales y auditoría. Si no mejora, no hay succión silenciosa.
Sheinbaum no discutió. Anotó. El director cambió a otra pantalla. Una sigla ocupó el centro: DPB.
—Tercer pilar: régimen fiscal con resultados verificables. No le pido “perdón fiscal”. Propongo un pacto medible: ajustes temporales y condicionados, con un candado innegociable. Cada peso que el Estado deje de recaudar se deposita en un mecanismo dedicado para pagar proveedores, con reglas públicas y auditoría. Publicamos un tablero: antigüedad, monto, sector, calendario. Usted no dirá “aliviamos a Pemex”. Dirá “pagamos la deuda que estrangulaba la operación”.
La Presidenta levantó la mirada.
—¿Y cómo subimos producción sin repetir la receta de siempre?
—Portafolio de corto plazo y portafolio de opción. El corto plazo no es aguas profundas. Son campos maduros, reacondicionamientos, recuperación secundaria, intervención de pozos. Proyectos con ciclo de caja más rápido. Se ejecutan con esquemas donde el privado comparte inversión y ejecución bajo reglas claras; Pemex concentra su capital donde el retorno sea mayor. Aguas profundas queda como opción estratégica: alianzas donde el privado asume el riesgo exploratorio. Si no hay hallazgo, el Estado no pierde. Si hay, México captura la mayor parte.
El director respiró y cambió a una imagen nocturna: una flama en el sur. Gas quemándose. Importaciones creciendo.
—Cuarto pilar: gas y almacenamiento. No es normal quemar gas y depender de gas importado. Capturamos el gas asociado con proyectos concretos —compresión, acondicionamiento, reinyección— para reducir quema y vulnerabilidad. Y aquí lo estratégico: Pemex como gestor logístico. Almacenamiento, terminales, ductos, tanques. No como monopolio caprichoso, sino como infraestructura que cobra peaje con tarifas claras y acceso ordenado. Si cualquiera usa la red, cualquiera paga. Si cualquiera paga, Pemex deja de vivir sólo del barril.
Sheinbaum cerró la libreta, sin dramatismo.
—Ingeniero, no quiero relatos heroicos. Quiero resultados que sobrevivan a la realidad. Proceda con el plan de cien días.
El director salió. No miró al cielo buscando señales. Miró el tablero de caja. Por primera vez en años, la ruta no dependía de la fe: dependía de decisiones con candados y de resultados que se pudieran auditar.





