México duplicó en diez años sus importaciones de gas desde Estados Unidos, superando 6,500 millones de pies cúbicos diarios y elevando la exposición a riesgos.
La dependencia energética de México tiene una molécula concreta, gas natural importado desde Estados Unidos. Datos oficiales muestran que en la última década, México duplicó sus importaciones de gas estadounidense y que en a noviembre del 2025 alcanzó 6,758 millones de pies cúbicos diarios, con un récord de 7,500 millones en mayo del mismo año, con base en datos referidos en la cobertura. La cifra no es solo un dato de comercio exterior; es un indicador del modelo eléctrico e industrial del país.
El fenómeno tiene una explicación estructural: el gas natural se convirtió en el combustible dominante para generación eléctrica. Más del 60% de la electricidad se produce con gas natural, en un entorno donde el precio bajo en Estados Unidos volvió atractivo el abasto transfronterizo. El resultado es una interdependencia: México sostiene parte importante de su confiabilidad eléctrica con gas importado, mientras Texas y el sistema gasífero estadounidense se vuelven factores externos que pueden impactar a la economía mexicana.
El riesgo no se limita a la volatilidad de precios. México tiene una alta vulnerabilidad ante contingencias climáticas en Estados Unidos, que pueden alterar producción, transporte o precios regionales y provocar tensiones de suministro. La experiencia de eventos invernales y restricciones ha dejado en el sistema una memoria institucional: si el gas se aprieta, se aprieta la electricidad. Cuando el parque de generación depende de una misma molécula y esa molécula depende de un país vecino, la discusión se desplaza del “costo” a la “exposición”.
El debate se vuelve todavía más intenso cuando se compara dependencia con producción local. El País apuntó que Pemex cubre una parte limitada del mercado nacional, tras autoconsumo, y que el gobierno busca reducir la dependencia con reactivación de producción doméstica, mencionando que el fracking se asoma como opción en algunos estados pese a su controversia ambiental. En el centro de la discusión hay una tensión clásica: producir más gas nacional requiere inversión, tecnología, infraestructura y condiciones regulatorias; importar gas suele ser más barato en el corto plazo, pero puede aumentar el riesgo sistémico.
El “cómo” se manifiesta en la operación eléctrica. Cuando se planifican nuevos ciclos combinados o se incrementa el despacho de plantas a gas para desplazar combustibles más caros o más emisores, el país eleva su consumo de gas, y por tanto su necesidad de importación. En paralelo, la red de ductos y la capacidad de compresión, almacenamiento y entrega local determinan la resiliencia. En escenarios de estrés, la pregunta que se hace el mercado no es ideológica: es logística. ¿Puede llegar el gas a donde se necesita, en el volumen que se necesita, cuando se necesita?
Para reducir dependencia y elevar producción local con metas hacia 2030, la actual adminstración debera de tomar decisiones importantes con relación a campos prioritarios, infraestructura de gas, coordinación con Cenagas, y un marco para incentivar inversión y ejecución, ya sea pública o con esquemas que permitan sumar capacidades.
En el lado industrial, la discusión tiene un componente inmediato: costos y continuidad. La industria mexicana ha utilizado el gas como ventaja competitiva para procesos térmicos y cogeneración; pero cuando la exposición aumenta, las empresas empiezan a mirar con más interés la gestión de riesgos: contratos de suministro, respaldos, combustibles alternos y estrategias de eficiencia. El debate se amplifica con cada evento climático o cada tensión de precios regionales, porque el mercado entiende que no es un problema abstracto: es el insumo que sostiene la electricidad y buena parte de la manufactura.
México se convirtió en el principal comprador del gas estadounidense por volumen, mientras se mantiene el reto de fortalecer producción interna y robustecer su propia resiliencia. En términos de comunicación pública, el tema obliga a distinguir entre “dependencia por precio” y “dependencia por diseño”: el país decidió, por costos y por capacidad, construir su matriz eléctrica alrededor del gas. El tamaño del desafío aparece cuando se pregunta por la alternativa: si no llega el gas, qué plantas cubren la demanda, con qué combustible y a qué costo.








