Autoridades hallaron un túnel de 22 metros en Tepetitlán, Hidalgo, conectado a un ducto de Pemex con dos tomas clandestinas y aseguraron drogas.
Un cateo en el municipio de Tepetitlán, Hidalgo, expuso una de las modalidades más sofisticadas del robo de combustibles en México: un túnel clandestino construido para conectarse directamente a un ducto de Petróleos Mexicanos (Pemex). La intervención, realizada esta semana por autoridades estatales con apoyo de fuerzas federales, dejó al descubierto una estructura subterránea de aproximadamente 22 metros de longitud, con dos tomas ilegales en una tubería enterrada, además del aseguramiento de drogas en el predio, de acuerdo con el parte de la autoridad local.
El hallazgo ofrece una radiografía del “huachicol” más allá de las tomas improvisadas. El túnel fue localizado fuera de una vivienda en una zona rural cercana a Tepetitlán, y que el acceso conducía a dos conexiones ilegales en la línea. En la visita de periodistas al sitio, personal del Ejército y de la Guardia Nacional custodiaba el inmueble, marcado con un letrero de “propiedad asegurada”, y se observaba el perímetro bajo resguardo.
Aunque en las primeras comunicaciones oficiales no se detalló públicamente qué ducto era el intervenido, se logró ubicar las coordenadas del sitio y contrastarlas con mapas de infraestructura de hidrocarburos, identificando la conducción como parte del sistema operado por Pemex entre la refinería de Tula (Hidalgo) y la refinería de Salamanca (Guanajuato). Ese trazo es estratégico: conecta dos complejos de refinación relevantes y atraviesa zonas donde históricamente se han registrado tomas clandestinas.
La Procuraduría estatal informó que el túnel se vinculaba a tomas clandestinas, y Uno TV reportó que el inmueble fue asegurado tras el cateo, describiéndolo como una infraestructura usada para extracción ilegal de hidrocarburo. El componente clave no es solo la existencia del túnel, sino el tipo de ingeniería requerida: excavación, apuntalamiento, ventilación mínima, acceso controlado, y un diseño que permita extraer producto sin provocar variaciones de presión que disparen alertas operativas.
Este tipo de túneles suelen construirse desde terrenos privados para alcanzar tuberías enterradas y que, en los casos más elaborados, el sistema de extracción está pensado para “ordeñar” sin que caiga la presión al punto de generar alarmas inmediatas. Es un cambio importante respecto a prácticas más rudimentarias del pasado: hoy el robo se apoya en conocimientos técnicos, logística y control territorial.
El caso también volvió a poner sobre la mesa el tamaño del problema en cifras duras. Pemex reportó el hallazgo de 11,774 tomas clandestinas en sus ductos durante 2024. Ese número ayuda a dimensionar por qué el combate al robo de combustibles se mantiene como un frente permanente para la petrolera: no se trata de incidentes aislados, sino de una práctica extendida con capacidad de adaptación.
Pemex reconoció que los esfuerzos para combatir el mercado ilegal “no han producido mejoras sostenidas” en años recientes. Esa frase, más allá de lo declarativo, refleja un patrón operativo: aunque se ejecuten decomisos, cateos y aseguramientos, la economía criminal reconstituye infraestructura, recluta personal y reactiva puntos de extracción.
El riesgo no es únicamente económico. Las tomas y túneles en ductos con productos inflamables implican un peligro constante para comunidades y operadores. Reuters recordó que los accidentes han ocurrido repetidamente, incluyendo la explosión de 2019 asociada a presuntos ladrones de combustible que dejó al menos 137 muertos, un episodio que marcó el debate público sobre el huachicol.
Por ahora, el caso de Tepetitlán avanza con un componente de incertidumbre. No se reportaban arrestos al momento del hallazgo, a pesar del aseguramiento del predio y de la incautación de drogas. La ausencia de detenciones inmediatas suele abrir preguntas en la conversación pública sobre quién operaba el sitio, cuál era la escala de extracción y cómo se movía el producto una vez sustraído.










