Pese a la llegada de Olinia, el desafío de la electromovilidad está en construir infraestructura y fortalecer la red eléctrica.
En la carrera global por la electrificación del transporte, México ha ocupado durante años una posición paradójica. Es una de las potencias automotrices más importantes del mundo. Sin embargo, cuando se trata de movilidad eléctrica, el país continúa avanzando a una velocidad considerablemente menor que otros mercados emergentes.
En ese contexto surge Olinia, el proyecto de vehículo eléctrico impulsado por el Gobierno Federal que busca ofrecer una alternativa de movilidad accesible y, al mismo tiempo, convertirse en un símbolo de las capacidades tecnológicas nacionales.
Su presentación ha despertado entusiasmo entre algunos sectores, pero también escepticismo entre especialistas que consideran que el problema no es fabricar un automóvil eléctrico, sino construir un ecosistema que permita que dicha tecnología prospere.
En entrevista con Industry & Energy Magazine, Eugenio Grandio, presidente de la Electro Movilidad Asociación (EMA), destaca que el valor más importante de Olinia no radica únicamente en el vehículo, sino en el mensaje que envía al mercado.
“Es un mensaje muy positivo del gobierno de decir: esto es prioridad para nosotros. También es una llamada de atención fuerte para la industria automotriz. Somos muy competitivos, tenemos gran tamaño y volumen, somos buenos haciendo coches de gasolina, pero ¿Qué estamos haciendo para prepararnos para fabricar vehículos eléctricos?”, comenta.
Mientras China consolida su liderazgo global en electromovilidad y países como India, Vietnam y Brasil han desplegado estrategias industriales agresivas para atraer inversiones, desarrollar cadenas de suministro y acelerar la adopción de nuevas tecnologías, México continúa dependiendo en gran medida de las decisiones estratégicas de fabricantes globales para definir el ritmo de su transición.
La llegada de Olinia podría interpretarse como un intento por cambiar esa lógica y colocar al Estado como un actor más activo dentro de la transformación tecnológica. No obstante, la historia demuestra que los proyectos industriales rara vez prosperan únicamente por voluntad política.
Bernardo Baranda, Director para Latinoamérica del Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo (ITDP), considera que el proyecto tiene potencial para atender segmentos específicos del mercado, particularmente en movilidad urbana y transporte ligero.
Sin embargo, advierte que sería un error atribuirle la capacidad de transformar por sí solo el panorama nacional.
“Es un proyecto relativamente pequeño. Va a atender un nicho interesante, pero el verdadero boom tendría que venir acompañado de más oferta de vehículos eléctricos, infraestructura de carga y políticas públicas que aceleren la adopción”, señala.
Falta una visión integral
Uno de los principales desafíos de la electromovilidad en el país es la ausencia de una estrategia integral que articule industria, energía, financiamiento e infraestructura.
Aunque las autoridades han señalado que el vehículo podrá conectarse a instalaciones eléctricas domésticas convencionales, la expansión de una red pública de recarga sigue siendo una condición necesaria para impulsar la confianza de los consumidores. La llamada “ansiedad por la autonomía” continúa siendo uno de los principales factores que frenan la adopción de vehículos eléctricos en numerosos mercados.
En este sentido, Baranda considera indispensable avanzar hacia una red más robusta y estratégica.
“Todavía no tenemos una red tan amplia en el país. Es una de las cosas en las que tienen que trabajar las autoridades para contar con una red de electrolineras mucho más estratégica tanto en centros urbanos como en carreteras”, señala.
Grandio, por su parte, considera que el reto principal se encuentra en la planeación energética, la regulación y la coordinación institucional que permitan acompañar el crecimiento del parque vehicular eléctrico.












