La guerra en Medio Oriente encareció LNG y elevó el gas en EE. UU.; Asia y Europa compiten por cargamentos y México enfrenta presión en costos.
El gas natural que México compra a Estados Unidos ha sido, durante años, el “combustible silencioso” que sostiene la electricidad y buena parte de la industria. Esa ventaja se construyó con abundancia shale, precios relativamente bajos y una red de ductos que convirtió a México en un gran consumidor regional. Pero la crisis geopolítica en Medio Oriente, con disrupción de flujos de LNG y tensión logística asociada a Ormuz, está empujando un fenómeno que México no controla: una competencia global más agresiva por moléculas disponibles, especialmente por LNG estadounidense.
En el mercado internacional, la señal más clara ha sido el reacomodo de cargamentos. Con el corte o ralentización de flujos por el corredor del Golfo, compradores asiáticos han salido a “pescar” cargamentos alternativos y parte de esos volúmenes se han desviado desde Europa hacia Asia, incluyendo envíos que originalmente salían de Estados Unidos. El resultado es un mercado más tenso y caro, donde el LNG se asigna cada vez más por precio y riesgo logístico.
México no compra LNG en el volumen de Asia ni depende de barcos para su gas principal; depende de ductos. Pero el precio del gas mexicano está atado a la dinámica de Estados Unidos, donde el precio doméstico reacciona a dos fuerzas simultáneas: demanda interna (clima, industria) y el incentivo de exportar LNG cuando el precio internacional es muy superior. En la última semana, el gas en Estados Unidos mostró alzas impulsadas por retiros de almacenamiento mayores a lo previsto, pronósticos de mayor demanda y el shock energético global derivado de la guerra.
La tensión se vuelve particularmente sensible cuando Europa también aumenta su apetito por gas estadounidense. En el marco del conflicto, se ha planteado que el shock puede acelerar el viraje europeo hacia LNG de Estados Unidos, elevando la influencia de Washington en el suministro europeo. Si Europa y Asia están compitiendo por los mismos cargamentos y parte de ese flujo sale de terminales estadounidenses, la pregunta para México es incómoda: ¿cuánta presión adicional se transfiere al precio regional del gas, incluso si el gas mexicano viaja por ductos?
La respuesta no es “desabasto inmediato”, pero sí “riesgo de costo”. De hecho, hay reportes recientes que señalan que las importaciones mexicanas de gas de EE. UU. han seguido subiendo y que usuarios finales no han visto un cambio notable en el corto plazo, aun con turbulencia global. Esa estabilidad relativa se explica porque el gas por ducto tiene contratos, porque el precio Henry Hub no replica automáticamente el precio spot de Asia, y porque existe una inercia en la formación de precio en Norteamérica.
El problema aparece cuando la crisis se prolonga. Si el LNG global se mantiene caro y el incentivo de exportación se sostiene, Estados Unidos puede experimentar mayor presión sobre su propio balance de gas: más moléculas saliendo por terminales, menos holgura en inventarios, más sensibilidad a clima. En ese escenario, Henry Hub puede mantenerse más alto, y México lo paga. No es un tema abstracto: lo paga en costo de generación de CFE (ciclos combinados), lo paga la industria en contratos de suministro, y lo paga la cadena logística cuando suben costos eléctricos.
El riesgo se vuelve más visible cuando se mira la dependencia estructural. México importa la mayor parte del gas que consume desde EE. UU. y lo utiliza como insumo dominante para su generación eléctrica. Por eso, una subida sostenida de 10% o 20% en el precio regional del gas no sería solo una cifra: se convierte en presión para costos de producción, márgenes industriales y competitividad, especialmente en regiones con alta carga manufacturera.
En respuesta, el gobierno ha buscado enviar señales de contención. En días recientes se comunicó coordinación con autoridades energéticas y con la empresa eléctrica para evitar que la tensión internacional se traduzca en un alza doméstica inmediata del gas, con monitoreo permanente. Esa postura ayuda a estabilizar expectativas en el corto plazo, pero no cambia la realidad de fondo: México sigue siendo tomador de precio de un mercado regional que, cuando se globaliza vía LNG, se vuelve más sensible a eventos lejanos.
En 2026, el debate no es si México “se quedará sin gas”, sino si el gas seguirá siendo “barato” como lo fue en la última década. Con Asia y Europa compitiendo por LNG, con Estados Unidos como proveedor dominante de moléculas flexibles y con la geopolítica convirtiendo rutas energéticas en variables de precio, la ventaja del gas barato empieza a parecer menos garantizada.








